Este verano leía un artículo que hablaba del aburrimiento.
Pensé que, al ser verano, quizá la propuesta de aburrirse tenía sentido: tenemos más tiempo, pero creo que a la mayoría nos pasa algo similar… al final llenamos la agenda de muchos planes y, lo que se dice aburrirse, nos aburrimos poco.
Llega el otoño, estación que propone parar y mirar hacia dentro…
¿Y si lo mezclamos un poco con aburrise?
¿Y si “parar” es el café y le añadimos un chorrito de aburrimiento?
Quizá suene poco apetecible, pero creo que es muy necesario.
No pretendo convertir el aburrimiento en una solución mágica del bienestar, pero ya lo nombraba hace casi 100 años Bertrand Russell en su libro “La Conquista de la Felicidad” como uno de los pilares de la salud:
«Puede que cierto grado de aburrimiento sea un ingrediente necesario de la vida»
Aburrirnos puede llevarnos a mirar hacia dentro y eso a veces es lo realmente no nos apetece, pero si es así, quizá con más razón estaría bien dejar de llenar y llenar el tiempo y escucharnos con más sinceridad.
Aburrirnos puede crear cierto vacío mental y divagación; a lo mejor de ese barbecho de actividad puede dar lugar a espacios creativos, a nuevas conexiones e ideas que nos sorprendan. Caminar en silencio, mirar por la ventana, tumbarse con la mirada perdida debajo de un árbol… puede ser gratamente aburrido.
También puede pasar que el aburrimiento nos acerque a la sensación de “no-productividad”, pero en una sociedad donde la presión de estar siempre en un sitio o con un plan que no puedes perderte, puede que impere la necesidad incómoda de parar y … aburrirse.
No todo tiene que servir para algo. No todo momento tiene que ser productivo o transformador.
Podemos probar a “simplemente estar” (que no es poco).
A ver qué pasa.
