Y llegó el momento de decirle adiós al mar.
Si hay algo que ha tenido para mí este verano, es la conexión con el mar. He nadado más que nunca y su sabor me ha acompañado en cada brazada alimentando mi piel, mi pelo y mi mente, a veces inquieta y apaciguada por el vaivén de las olas.
A mi madre le encanta ir en pleamar (marea alta), a mí también, pero como este verano hemos ido mucho, pues no siempre estaba la marea en su plenitud.
Paseando por playas casi sin agua, donde las conchas se habían quedado a la luz y despertaban sensaciones en mis pies, pensaba que en nuestra forma de entender la vida muchas veces entendemos el movimiento casi siempre como un avance: crecer, conseguir, producir, aprovechar, ir hacia delante… una especie de progreso que sube escalones.
Pero la marea no entiende de eso.
La marea avanza y retrocede. Y ambos movimientos forman parte del mismo ciclo.
Cuando sube, ocupa. Cuando baja, deja espacio.
Cuando avanza, transforma paisajes. Cuando se retira, devuelve cosas que estaban escondidas.
Y mientras caminaba con la marea baja, cuando se había descubierto la arena para permitirme caminar entre playas y observar preciosos paisajes donde en otros momentos solo había agua, pensaba que en nuestra cotidianidad y en momentos de asueto o reposo el tiempo puede regalarnos mareas.
Momentos para expandirnos y momentos para recogernos. Momentos para decir sí y momentos para decir no. Momentos para estar hacia fuera y momentos para volver hacia dentro.
Y quizá el problema no sea que nos retiremos, sino que hemos aprendido a interpretar cualquier retirada como una pérdida o fracaso.
En yoga existe una palabra que quizá da luz a ese movimiento de volver hacia dentro: pratyahara. A menudo se traduce como retirada de los sentidos, pero me gusta más entenderlo de una forma más cercana: como la capacidad de regresar a casa.
Pienso en el tiempo que le dedicamos cada día a estar pendientes de cuidar, contestar, producir, hacer planes, resolver … vamos intentando llegar a todo.
Pero… ¿y si nos permitimos algo de marea baja?
¿Y si en lugar de siempre llenas… se vacía algo por dentro y nos permite ver?
Cuando baja la marea, aparecen cosas que antes estaban cubiertas por el agua.
A lo mejor cansancio que no queríamos reconocer, a lo mejor una conversación interna, un deseo aparcado, tristeza, una decisión … .
La marea no se disculpa cuando baja. Quizá nosotras tampoco tengamos que hacerlo.
