Abundancia

Hay una forma de abundancia que no se puede comprar. No hace ruido. No necesita demostrarse. Simplemente está.

La encuentro cuando camino descalza sobre la tierra y siento que el bosque no tiene prisa. Cuando observo cómo la luz atraviesa las hojas, cómo cada planta crece siguiendo su propio ritmo, cómo la naturaleza nunca se cuestiona si merece ocupar el espacio que ocupa. Ella simplemente es. Y es ahí donde recuerdo que nosotros también pertenecemos a esa misma naturaleza.

Desde el yoga hablamos muchas veces de volver al cuerpo, de respirar, de habitar el momento presente. Pero quizá, en el fondo, lo que estamos haciendo es recordar una forma de riqueza que nunca hemos perdido. La riqueza de escucharnos. Vivimos en una rutina llena de hacer, responder, llegar, acumular… . Y sin darnos cuenta podemos terminar creyendo que la abundancia siempre está en el siguiente objetivo, en tener más tiempo, más dinero, más éxito o más reconocimiento.

Pero ¿qué ocurre cuando dejamos de buscar fuera durante un instante?

¿Qué sucede cuando nos preguntamos, con sinceridad: ¿Qué necesito hoy?

Y, sobre todo, ¿qué sucede cuando nos damos permiso para ofrecérnoslo?

Quizá ahí comienza la verdadera abundancia.

En regalarnos descanso cuando estamos cansadas. En mover el cuerpo con respeto en lugar de exigirle. En decir que no cuando nuestro cuerpo ser está pidiendo un sí hacia nosotras. En reservar unos minutos para respirar aunque la agenda diga otra cosa.

Cada uno de esos gestos es una declaración silenciosa de valor. Es reconocer que nuestra vida merece ser habitada desde el cuidado.

La práctica del yoga nos invita precisamente a eso, a cultivar una relación más íntima con quienes somos, a escuchar antes de reaccionar, a crear espacio antes de responder. Y en ese espacio aparece algo muy valioso, la confianza. La sensación de que, incluso cuando las circunstancias cambian, existe un lugar dentro de nosotras que permanece fértil.

Por eso me inspira tanto esta época del año.

Litha, el solsticio de verano en la tradición celta, celebra el momento en que la luz alcanza su máxima expresión. La naturaleza está exuberante. Los árboles ofrecen sombra, los campos florecen y los frutos comienzan a madurar.

No es una celebración de la perfección. Es una celebración de la plenitud. De reconocer todo lo que ya está vivo.

Quizá Litha también nos invita a preguntarnos qué aspectos de nuestra vida han florecido sin que apenas nos hayamos detenido a contemplarlos.

La naturaleza no vive desde la escasez. La naturaleza da, recibe, transforma y vuelve a comenzar.

Nos recuerda que abundancia no significa tenerlo todo, sino reconocer la inmensa riqueza de lo que ya nos rodea.

Y quizá el gesto más abundante que podemos hacer hoy sea detenernos unos minutos, respirar profundamente y preguntarnos:

¿Qué necesito en este momento?

Y después, con la misma generosidad con la que la naturaleza cuida de cada estación, regalarnos aquello que esté en nuestras manos.

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