Hace tiempo leí en algún sitio una pregunta curiosa:
¿Preferirías ser sirena o ballena?
No tuve ninguna duda.
Ballena, siempre.
Puede que sea mi animal favorito y, a medida que pasan los años, más me gustan. Hay algo profundamente poderoso y tierno en estos mamíferos gigantes. Las ballenas cruzan océanos enteros guiadas por una memoria ancestral. Recorren miles de kilómetros atravesando aguas distintas, dejando quizá que cada mar les aporte algo diferente, como si el viaje también las fuera transformando por dentro.
Y pienso mucho en ellas últimamente cuando me/nos observo: mujeres en transición. Mujeres que atravesamos el climaterio (la perimenopausia y la menopausia), una etapa vital en la que el cuerpo, la energía y la identidad empiezan a cambiar de forma silenciosa y profunda.
Las ballenas dedican un tiempo larguísimo, dentro del mundo animal, a la crianza de sus crías. Les enseñan rutas, técnicas de alimentación, supervivencia. Las acompañan durante años creando vínculos estrechos y complejos. Yo, que muchas veces me siento bastante ballena, imagino ese amor marino, inmenso.
Y quizá por eso me emocionó especialmente descubrir hace unos meses, viendo un documental, que algunas especies de ballenas atraviesan algo parecido a la Transformación. Son de los pocos mamíferos del planeta en los que las hembras dejan de reproducirse y continúan viviendo durante décadas. Y lo más fascinante es que esa etapa no las vuelve irrelevantes, no las desplaza, al contrario. Las hembras mayores se convierten en memoria viva del grupo. Lideran migraciones, recuerdan dónde encontrar alimento en épocas difíciles y aumentan las posibilidades de supervivencia de toda la comunidad. Convirtiéndolas en chamanas de mares y océanos. La experiencia se convierte en brújula.
En aquel documental también contaban algo precioso: después de la crianza más intensa, algunas ballenas emprenden largos viajes donde vuelven a encontrarse con otras con las que coincidieron años atrás. Como si en la madurez existiera una necesidad profunda de regresar a la tribu, de reencontrarse, de reconocerse en otras que también han atravesado mares parecidos.
Y entonces pensé en nuestros Encuentros de Mujeres.
Porque, de alguna manera, siento que hacemos algo parecido a ese encuentro de ballenas.
Cada mes, un grupo de mujeres afines y distintas a la vez nos encontramos para compartir. Algunas todavía navegan las aguas intensas de la crianza, otras comienzan a dejarla atrás, y aun así, todas nadamos hasta esta pequeña bahía de viernes por la tarde.
Nos reunimos para practicar juntas y acompañarnos con nuestros cuerpos y nuestras respiraciones. Para escucharnos. Para recordar que, aunque nuestras historias sean distintas, hay algo común que nos une profundamente.
Porque la comunidad, en ciertos momentos de la vida, se vuelve refugio.
Un espacio de amabilidad. Un lugar donde descansar un rato de la marejada diaria.
La Transformación a veces llega acompañada de cambios incómodos, preguntas nuevas y cierta sensación de extrañeza hacia una misma. Pero quizá no sea una pérdida. Quizá sea una migración.
Como las ballenas.
Un viaje hacia una versión más intuitiva, más sabia y más conectada con lo esencial.
Muchas gracias a todas las ballenas que encuentran el espacio en su marejada diaria para llegar hasta esta bahía de las tardes de viernes.
